Mi primo tiene seis años y está enamorado. No lo dice así, claro, pero se le nota en la manera en que se queda quieto cuando ella aparece en el balcón de enfrente, en cómo se ríe sin razón aparente y en cómo se esconde detrás de la puerta como si el amor pudiera verlo.
Ella se llama Natali y tiene 10 años. Vive en un edificio justo frente a la casa. A veces sale al balcón a mirar la calle, a veces a nada. Basta con que esté ahí para que él cambie de postura, de voz, de humor. No mires, me dice. Me da pena.
Hace unos días decidió que ya era momento de hacer algo. No sabía bien qué. Se sentó a la mesa, tomó una hoja y pintó un corazón.
Verde. No rojo. Verde. No pregunté por qué. Cuando terminó, me miró como pidiendo permiso sin saber que lo está pidiendo. “¿Así está bien?” “Está perfecto”, le dije.
No había corriente. La noche estaba oscura y el edifi cio de enfrente apenas se distinguía. Natali estaba en el balcón, apoyada en la baranda. Su mamá también.
Yo, que me presto para todo, busqué una linterna y empecé a alumbrar hacia el papel mientras él, desde la ventana, levantaba el corazón con las dos manos. “Natali -gritó, Mi corazón es tuyo”.
Ella se rio como se ríen los niños cuando algo los sorprende y no saben cómo reaccionar. No dijo nada. La mamá también sonrió. Mi primo bajó el papel enseguida y se escondió.
-¿La viste?
-Sí.
-¿Se rio?
-Mucho.
Desde ese día, Natali viene a casa en días alternos. Pintan, col orean, hablan de cosas que no entiendo del todo. A veces se sientan lejos. A veces más cerca. A veces no paran de reírse. No son novios, desde lu ego. Son niños.
Ayer, jugaban con una pelota de fútbol. Los vi y pensé en cómo con los años nos complicamos. En cómo aprendemos a callar lo que sentimos, a esconder el corazón antes de que alguien pueda verlo. En cómo olvidamos esa versión inicial del afecto cuando no había miedo al ridículo ni necesidad de garantías.
Que querer a alguien no siempre necesita grandes discursos. Que el amor, al principio, no es posesión ni promesa, sino presencia. Atreverse a mostrarse, aunque dé pena.
El 14 de febrero suele llenarse de corazones idénticos, de ideas prefabricadas sobre lo que signifi ca querer. Pero esa noche, sin luz y sin planes, un niño de seis años entendió algo que a muchos nos cuesta toda una vida recordar: que amar no es impresionar, es animarse.
Y quizás de eso se trata el amor, incluso, cuando crecemos. No de hacerlo perfecto, sino de hacerlo sincero. Aunque dé pena. Aunque sea torpe. Aunque haya que alumbrarlo con una linterna en la oscuridad.




