Dentro de una taza de café cubano hay tanta historia, sentimientos y dedicación que resultan inconmensurables para la reflexión de quien la degusta en unos segundos.
Don José Gelabert fundó en 1748, en la localidad del Wajay, en la periferia de La Habana, la primera finca dedicada a la luego más difundida infusión cubana.
A casi media centuria de aquel pionero sobrevino la fiebre por cultivar el cafeto con los colonos franceses, quienes al huir de la Revolución haitiana de 1791 se instalaron en Cuba.
Los recién llegados acumulaban un amplio conocimiento de dónde extraer mayores dividendos y escogieron así las zonas montañosas de Occidente, Centro y Oriente.
El café se da mejor en la franja ubicada entre los trópicos de Cáncer y de Capricornio, según los especialistas, los cuales también apuntan que los países cercanos al Ecuador necesitan mayores alturas para obtener calidad, mientras una posición más distante favorece que a menor altura se puedan cosechar granos de mejor calificación.
La posición geográfica de Cuba, casi coincidente con el Trópico de Cáncer y una temperatura media de 23 a 28 grados Celsius, permite que a una altitud de 350 a 750 metros se consiga una calidad excepcional.
Volviendo a la historia. El arribazón de colonos galos contribuyó a la instalación de grandes haciendas cafetaleras, que convirtieron a Cuba en el primer exportador mundial a inicios del siglo XIX.
Esa posición declinó a partir de la década de 1830, a causa de las restricciones de la metrópoli española que imponía gravámenes y altos precios a países importadores, que se orientaron hacia los entonces incipientes productores de Brasil, Colombia y otros del área centroamericana.
Cuba disminuyó la cantidad, pero mantuvo una alta calidad que ha llegado a nuestros días, al punto que la reconocen por sus producciones de cafés gourmets en los mercados más selectos.
Aquella oleada francesa propició una curiosidad añadida: el país caribeño ocupa el primer lugar del planeta en cuanto a la mayor cantidad de ruinas de haciendas cafetaleras, muchas de ellas tan bien conservadas que la Organización de Naciones Unidas para la Ciencia, la Cultura y la Educación (Unesco), las declaró Patrimonio Mundial de la Humanidad.
En la localidad occidental de Las Terrazas, por ejemplo, hay más de 60 de ellas, testigos de la riqueza y opulencia que el aromático grano ofreció a sus dueños.
Empero, los cafetales franco-haitianos de la oriental provincia de Santiago de Cuba, resultan los de mayor brillantez al requerir sus creadores de obras agregadas para salvar los accidentes geográficos de la zona que todavía asombran por sus soluciones ingenieras.
Contienen una enorme importancia por sus centros de cultura arquitectónica, científica, técnica y vial, pues además de las plantaciones, se disfrutan testimonios agroindustriales muy singulares e incluso a aquellos cafetaleros se les debe la construcción de casi todos los caminos de la cordillera de la Sierra Maestra en el territorio santiaguero y de su prolongación en la vecina provincia de Guantánamo, hoy día devenidos carreteras y terraplenes.
El escritor estadounidense Samuel Hazard describió en su libro Cuba a pluma y lápiz: “Después de los ingenios, los cafetales son los establecimientos agrícolas más importantes de Cuba, pero más hermosos y cuidados”.
Considerados auténticos jardines con parques de estilo italiano, naranjales e incluso lujosas viviendas con todo el confort y opulencia de la época, esas obras aún causan admiración, porque resultan algo inesperado en un medio silvestre, casi virgen y relieve abrupto.
Se trata de un área protegida de casi 36 mil hectáreas, localizada en las serranías de las provincias de Santiago de Cuba y Guantánamo, con 171 haciendas en diferentes estados de conservación.
De algunas de las más famosas como La Isabelica, La Idalia, Fraternidad, El Olimpo, Ti Arriba, Kentucky, San Juan de Escocia y San Sebastián, entre otras, solo quedan pequeñas muestras de la vida de aquellos tiempos de esplendor.
Ni la imaginación más fértil se acerca a cuánto contiene en sí una taza de la venerada infusión, aunque una visita por aquellos lares tal vez influya en una reflexión de que no solo aroma y sabor hay en un café.




