La trova cubana no siempre habita los grandes escenarios. A veces se abre paso entre el polvo del camino, el traqueteo de un camión y la espera silenciosa de una escuelita en la montaña.
Fidel Díaz Castro, trovador de sensibilidad intimista y profunda vocación comunitaria, pertenece a esa estirpe de artistas que entienden la canción como acto de encuentro.
Con una obra que dialoga con la tradición trovadoresca y una ética artística marcada por el compromiso humano, Díaz Castro participa por primera vez en la Cruzada Teatral Guantánamo–Baracoa, experiencia que lo ha llevado a comunidades remotas de Yateras y Manuel Tames, donde el arte en vivo sigue siendo un acontecimiento excepcional.
En conversación con Venceremos, el trovador comparte emociones, recuerdos y reflexiones que revelan la dimensión espiritual de la Cruzada y más especial en este caso la Ruta del Trovador en honor a Eduardo Sosa.
Es su primera vez en la Cruzada Teatral. ¿Qué significa para usted estar aquí?
Para mí es un sueño viejo, casi tan antiguo como la propia Cruzada. Primero porque me gusta el monte, aunque yo soy de ciudad, y también porque había escuchado de amigos muy cercanos la calidad humana de esta experiencia. Pero vivirla es otra cosa: venir a comunidades remotas, pasar horas en un camión y luego cantar en una escuelita donde las personas ansiosas atesoran como extraordinario ese momento cultural es un placer infinito. Es un público con una pureza que parece mágica.
¿Ha vivido algún momento que resuma el espíritu de esta experiencia?
Sí, uno muy especial. En una comunidad estaba tocando y un niño fue a buscar una guitarra de juguete, se sentó a mi lado y comenzó a acompañarme mientras cantaba. Fue algo muy hermoso. Me volvió a impregnar de amor por el terruño. Por eso creo que esta experiencia debe ser cuidada aún más por las instituciones, porque en muchos de estos lugares el único suceso cultural en vivo que llega es la Cruzada.
¿Qué aporta la Cruzada a los artistas que participan en ella?
Es muy importante, porque a veces los artistas estamos acostumbrados a espacios más cómodos, o donde todo es remunerado. Aquí nadie viene por dinero. Pero tampoco es un sacrificio, el artista no debe verlo así. Es una interacción, una hermandad.
Los que vienen aquí son, como diría Martí, personas de alma superior, gente dispuesta a dar sin pensar en qué va a ganar. Ver a los grupos de teatro entregarse en el escenario como si fuera la primera vez, y luego compartir la convivencia, las descargas nocturnas… todo eso es alucinante. Te lo pueden contar, pero vivirlo es otra cosa.
Dentro de la Cruzada, usted también participa en la Ruta del Trovador. ¿Qué ha significado ese trayecto?
En Felicidad de Yateras dormí exactamente donde durmió Eduardo Sosa, incluso en el mismo rincón. Y lo más impresionante es que todo el mundo lo recuerda como un gran amigo. Yo pregunté y me dijeron que solo estuvo allí un día.
En El Silencio, después de una función, cuando los trovadores terminamos, una mujer gritó tres veces: “¡Viva Eduardo Sosa!”. Dondequiera hay una anécdota, un recuerdo. Con el tiempo, esas historias se transforman en leyendas, cada quien aporta algo al mito de Sosa. Es muy bonito todo lo que está pasando ahora, a un año de su partida. Se siente como si El Nagüito (Sosa) estuviera aquí.
En las montañas de Guantánamo, la voz de Fidel Díaz Castro se suma a una tradición que entiende el arte como acto de fe colectiva. La Cruzada no es solo teatro ni música sino la confirmación de que, mientras exista un niño dispuesto a acompañar una canción con su guitarra de juguete, la cultura cubana seguirá viviendo hasta en el más distante rincón de este terruño.




