Son las 7:20 de la mañana y en la unidad de terapia intensiva del Hospital General Docente Dr. Agostinho Neto de Guantánamo ya casi todos están dentro. No esperan las ocho. El jefe, Max Santiago Bordelois, a veces tiene que pedirles —casi ordenarles— que se tomen un día. Casi nunca lo logra.

"Los especialistas vienen todos los días. Nuestro jefe nos tiene que estar votando: ¿para qué tú viniste? No vengas, no hace falta", cuenta el doctor Leonardo Fernández Fernández, especialista del servicio, mientras ajusta su paso por los pasillos del hospital. "Ese es nuestro quehacer, y por supuesto, cuando hay un problema de emergencia, todo el mundo acude".

4hospA pesar de todo, el servicio mantiene su actividad académica con maestría. Este servicio, que funciona como una escuela dentro del hospital y que arrastra una tradición formativa inaugurada por el doctor Díaz Trujillo y continuada por el doctor Bernardo Elías, ha logrado cohesión, resultados y —quizás lo más difícil— familias agradecidas, incluso cuando el desenlace no es el deseado.

"No tenemos quejas de familiares. Cuando hay desenlace no gustoso, la familia siempre muestra agradecimiento por la atención, por el grado de información que recibe, por el humanismo que se desarrolló", asegura Fernández.

El servicio de terapia intensiva se distingue por la búsqueda de soluciones donde aparentemente no las hay.Si algo define hoy a esta terapia intensiva es la búsqueda de soluciones donde aparentemente no las hay. La escasez de medicamentos —antibióticos, inotrópicos, diuréticos de asa—, la falta de medios diagnósticos, el déficit de material gastable y hasta las limitaciones energéticas, carencias ahora multiplicadas con el estrangulamiento energético de Donald Trump contra el país, han empujado al colectivo a desarrollar lo que llaman "el plan".

"Existe plan B, plan C, plan D", enfatiza Fernández, repitiendo la enseñanza de su jefe. "Es un concepto. En los protocolos tenemos lo que debemos hacer cuando tenemos todos los recursos. Plan B es: ¿qué hacemos cuando no tenemos? ¿Qué solución le buscamos?".

Ese ejercicio, aseguran, no es improvisación. "Siempre está asociado a los protocolos y a la ciencia. No es ponernos a decir 'no tenemos'. Es: con qué podemos resolver. Y el plan C es el inventario: bueno, vamos a ver qué inventamos con otros recursos técnico-científicos que no hagan daño al paciente".

El servicio cuenta con 15 especialistas, una plantilla de profesionales de experiencia —algunos "con cierta edad", como admite Fernández señalándose a sí mismo— pero sostenida por un colectivo joven "muy, muy bueno" que, asegura, los están superando.

EL LÍDER

3hospLos doctores Santiago (a la derecha) y Fernández, ambos especialistas de Segundo Grado en Terapia Intensiva y Emergencia en adultos, distinguen el servicio con su talento y calidad humana.A lo largo de la conversación, el doctor Fernández repite una y otra vez un nombre: Max Santiago Bordelois.

"Para mí —y lo digo en esta prensa—, el héroe nacional del trabajo en este servicio no soy yo, se llama Max Santiago", afirma Fernández sin titubeos y con tanta modestia parece olvidar su trayectoria, que parece sacada de un libro de las emergencias del mundo: nueve misiones internacionalistas —cinco con el Contingente Internacional Henry Reeve—, 49 años de servicio ininterrumpido y una hoja de vida que bien podría llevarse al cine.

"Max Santiago trabaja de lunes a lunes, las 24 horas. Siempre lo localizas. Cómo nos pelea, cómo nos regaña cuando nos equivocamos. Y cada vez que nos regaña es: 'el paciente, el paciente, preocúpense por el paciente y la familia'".

Santiago, que toma la palabra después, habla pausado, como quien ha medido cada sílaba durante años de entrevistas médicas difíciles. Reconoce que los tiempos han cambiado: "Si antes era necesario el trabajo en colectivo, hoy lo es más que nunca. Pasar de una variante ideal a otras variantes que, siendo científicas, puedan resolver el problema".

Su liderazgo, describen sus colegas, no es autoritario sino organizativo. "Tenemos la gran ventaja de tener un líder, "un líder que lo organiza, que exige, humano, sincero, honesto, capaz científicamente", aclara Fernández.

Santiago insiste en la necesidad de "justicia distributiva" cuando los recursos son mínimos: "Ponerle el mejor antibiótico a la persona más indicada no es fácil. Reunir 20 médicos con un criterio no es fácil, porque no son 20 médicos cualquiera. Está el profesor Leonardo, el profesor Elías, el profesor Alfredo, junto a otros... muy bien preparados. Pero tiene que ser la conclusión de mutuo acuerdo".

Cuando la estadística no tiene la última palabra

Uno de los aspectos que más distingue a este colectivo es su relación con la muerte y, sobre todo, con la esperanza. Fernández subraya que muchos pacientes ingresan con puntuaciones de mortalidad elevadísimas. “Técnicamente, se van a morir, pero nuestro concepto es: si tú tienes 99 por ciento para fallecer, tienes un uno por ciento para salvarte, y nuestra función es trabajar por ese un por ciento".

Santiago complementa: "No siempre ganamos la pelea, que es la vida del paciente. Pero nunca, nunca dejamos de luchar. Mientras exista la más mínima posibilidad de salvarlo, hay esperanza. Y para eso trabajamos".

"No somos dios en la tierra", sentencia Fernández. "Somos científicos formados, técnicos, movimientos científicos. Pero no tenemos el derecho de limitar la vida de nadie ni de quitarle la esperanza a un familiar que siempre quiere que su ser querido sobreviva, porque para nosotros la familia no es una visita. Es parte del tratamiento.

"Después que terminamos de discutir el paciente, la medicina, el tratamiento, preguntamos: ¿y la familia? ¿Cómo está la familia? ¿La familia lo sabe? ¿Lo conoce? ¿Está satisfecha? ¿Tiene alguna queja? ¿Alguna insatisfacción?".

"El 50 por ciento del éxito de la estancia del paciente es la comunicación con la familia", asegura Santiago. Por eso se preparan las entrevistas, se evalúan. Y cuando algo falla, se revisa.

"No tapamos quejas, las evitamos. La queja no es un papelito. Yo no tengo temor a nada de eso. Si la familia está inconforme por algo, mientras se demuestre lo contrario, tiene la razón.

“Ese enfoque que ponemos en práctica favorece que las familias, incluso cuando el desenlace es adverso, agradecen la atención recibida”, reconoce el doctor Max Santiago.

 2hospEl colectivo, de jóvenes y veteranos, logra cohesión y resultados, aún en medio de las carencias.

"Este es un colectivo con cierta edad, pero integrado por jóvenes muy, muy buenos y dedicados al trabajo, quienes dan continuidad a esta escuela dentro del hospital, dentro de los servicios".

Esa escuela, aseguran, no es solo técnica. Es ética y política, con una formación "martiana, marxista, leninista, fidelista, guevariana, que todos tenemos en nuestro pensamiento”, señala Fernández.

"Tratamos seres humanos, no tratamos enfermos. Tratamos pacientes, somos seres humanos. Y los seres humanos necesitan que uno le pase la mano, le acaricie la cabeza, le diga: 'entiendo, esto está mal, esto está bueno, ya te bajó la fiebre, tú verás que te vas a poner bien'".

El bloqueo y sus múltiples caras

El doctor Luis Enrique Álvarez Durruthy, jefe del centro de urgencias, emergencias y atención al grave, no titubea al señalar la causa principal de las carencias.

"El bloqueo estadounidense es la principal causa de las carencias de insumos médicos, de medios diagnósticos, de material gastable y provoca otros daños colaterales como la falta de electricidad, de agua".

Enumera sin pausa: antibióticos con cobertura "muy pobre", inotrópicos escasos, diuréticos de asa limitados; carecemos de manitol para neurología, reactivos para hemoquímica o coagulograma, de tomógrafo. Materiales que antes se desechaban ahora se reúsan: jeringuillas, guantes, sondas de aspiración: todo es objeto de racionamiento.

El déficit de recursos humanos completa un cuadro complejo: ausencias de personal de enfermería, de servicios. "Cada uno tiene un papel fundamental en nuestro éxito frente al paciente", subraya.

A pesar de todo, el servicio mantiene su actividad académica. En estos momentos sesiona una maestría que durará dos años. Llegan rotaciones de médicos de familia, de residentes de otras especialidades. La discusión de casos, la revisión de conductas, el análisis de errores, todo continúa.

"Nos mantenemos el contacto directo o por teléfono, entre especialistas jóvenes y viejos, discutiendo pacientes, discutiendo pasos. Eso da un realce de calidad humana y hospitalaria", explica Fernández.

Max Santiago resume la filosofía que ha sostenido al colectivo: "La medicina es una profesión de alta sensibilidad y alta profesionalidad. En estos momentos eso hay que multiplicarlo. Necesitamos más talento y más trabajo en equipo para tratar de dar soluciones ".

El doctor Fernández, que ha visto pasar generaciones de intensivistas por estas salas, concluye con una frase que escuchó a "su jefe" y que ha hecho suya:

"El que está acostado en esa cama no tiene agua, no tiene corriente, no tiene comida, no tiene dinero. Y aunque esos mismos problemas los tengamos nosotros, él está peor: está enfermo y grave, necesita atención, necesita que lo cuiden. Y nosotros, a pesar de que tengamos los mismos problemas, tenemos que resolver el problema de ese paciente".

El sol calienta los exteriores del Agostinho Neto. Adentro, un colectivo de 15 especialistas, con sus jefes, sus jóvenes, sus veteranos, sus carencias y su tozudez, sigue luchando por cada uno por ciento de esperanza.

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