La medicina, asegura Trujillo, es ciencia pero también profesión: “es necesario saber comunicarse con los pacientes y sus familiares, tratarlos con toda la consideración y respeto”. Fotos: Lorenzo Crespo y Ariel SoPara que me concediera esta entrevista mi jefe le dijo que me amonestaría, y no lo dudo: sería sencillamente imperdonable contar la historia reciente de los grandes hombres y mujeres de la Villa de Guantánamo sin mencionar al doctor Ernesto Díaz Trujillo.
Así que accedió, con su vocación salvadora. Me esperó en una pequeña sala de la Terapia Intensiva, completamente cómodo. Sin preguntarle sé que se siente en casa, no importa que en las noches se apure en regresar al seno familiar –cobija y apoyo: su medio verdaderamente natural es el Hospital, no importa el nombre que éste lleve.
Por suerte, es Agostinho Neto, y está en Guantánamo.
Inicios
Trujillo, como todos lo conocen, confiesa que de pequeño veía a los médicos llegar a su casa y ser tratados como si fueran algo muy grande y que eso lo llevó a la medicina. “No hay nada, con todo el respeto hacia las otras profesiones, más reconfortante que salvar a una persona”.
Así que consiguió estudiar la carrera y graduarse en Santiago de Cuba en el año 1976, tras lo cual enseguida empezó la especialidad en Medicina Interna. Los suyos, me dice, fueron tiempos de profesores estrellas: Reinaldo Roca, el del libro, Narciso Llamos Sierra, Eduardo Paz Presilla…
Tres años después, el flamante especialista regresó a su ciudad natal. Para ese momento, cuenta, “todo lo que era medicina estaba en el hoy centro Luis Ramírez López, hasta que abrieron el hospital”, del que fue fundador.
“En ese tiempo trabajé con personalidades de la medicina guantanamera. Gente que sabía mucho y de todas las materias, hombres ilustrados que es preciso rescatar del olvido como Pedro Pumiró, Álvaro Campuzano, José Franco…, escriba, escriba -me dice- que son nuestras glorias y no las podemos dejar morir”.
(Es, francamente, difícil entrevistar a una persona como Ernesto Díaz Trujillo. Es el sueño de cualquier paciente, pero para un periodista -tan acostumbrado a la lidia con egos exaltados- es casi pesadilla. Las palabras, cuando hablamos de sus logros, hay que sacárselas de la boca, aunque de los de sus colegas se explaya).
En el Agostinho Neto, inauguró también el servicio de Terapia Intensiva, donde por una década fue el único médico permanente. “Por el servicio rotaban varios colegas, pero yo era el fijo, así que prácticamente vivía aquí, fueron momentos de dedicación absoluta porque hasta llegamos a asumir los casos cardiovasculares”.
Luego siguió estudiando. Con los años, se hizo especialista de segundo grado en Medicina Interna y Terapia Intensiva, y master en urgencias y emergencias médicas, y profesor auxiliar, y estudiante siempre, “porque un médico estudia desde que accede a la carrera hasta que se muere”.
Tiempos aquellos
A Trujillo, todos sus colegas le dicen “profe” -y todos quiere decir desde enfermeras jovencísimas hasta “monstruos” consagrados en ese servicio, uno de los más difíciles y a la vez de mejores resultados del Agostinho y el país.
Y lo dicen porque así es. Quien no fue su alumno en la escuela de Medicina -y en cuestiones de docencia ha entrenado desde a aspirantes de enfermería hasta a residentes en espera de formarse como especialistas-, lo fue luego en la práctica, viéndolo desplegar su técnica, sus manos, su acuciosa vista en busca de la muerte para conjurarla.
Le ha tocado ver mucho. En su vida profesional ha lidiado con enfermedades -y ganado- que hoy solo se mencionan como un bastión ganado de la medicina cubana, enfermedades terribles como el tétano y la fiebre tifoidea.
Duras las tuvo también cuando, en nombre del internacionalismo, partió a su primera misión internacionalista en Nicaragua, entonces todavía en guerra aunque su puesto estaba bastante alejado de las principales zonas del conflicto. Allí permaneció desde 1988 hasta 1990.
La lidia eterna
En la terapia intensiva están los casos más críticos del Hospital. Raro, entre tanta enfermedad, encontrar una sonrisa entre monitores, sondas y jeringuillas. “Por eso, el médico de este servicio no sólo debe ser bueno en su trabajo, también debe ser fuerte, no dejarse vencer por el desánimo”.
Y el desánimo, disfrazado de muerte, suele visitarlos sin sorna… Es normal que sintamos las pérdidas, que nos preguntemos si no hubiéramos podido hacer más, pero nos reponemos porque además estamos preparados para ello.
De todas maneras, siempre son más los salvados. Esos lo saludan en la calle, le palmean el hombro y le preguntan por él, por su familia…, y entonces el profe se acuerda de sus casos, algunos más difíciles que otros, y en su mente compara lo que fueron mientras estaban bajo su cuidado, con lo que son.
Los más difíciles, siempre son los maternos. “Porque es un acontecimiento feliz traer un hijo al mundo que de momento, por determinadas complicaciones, puede convertirse en un infierno para toda la familia”.
Y entre los difíciles, el que más pasó hace bien poco. “La magia, la verdadera magia la hicimos con Uberlinda. Ella puso a prueba todas las capacidades del equipo de terapia. Tenía tantas y tan serias condiciones de salir que salvarla fue, -y mira en derredor como si hubiera alguien capaz de contradecirlo- un auténtico milagro”.
Habla de Uberlinda Quintero Jiménez. Campesina de Baracoa. Madre de 37 años con sicklemia, que presentó trastorno de coagulación, estado de shock, intolerancia a las transfusiones, sepsis, necesidad de respiración artificial mecánica, y falla multiorgánica. Y está viva, y feliz.
Uberlinda Quintero Jiménez, campesina baracoense, posa junto al especialista y el equipo de terapia intensiva que, contra todos sus adversos pronósticos (sicklemia,trastorno de coagulación, shock, intolerancia a las transfusiones, sepsis, respiración artificial mecánica, y falla multiorgánica), le salvó la vida. Fotos: Lorenzo Crespo y Ariel Soler
Pura clínica
“Lo más importante, para cualquier médico, es un buen diagnóstico, al que se llega siempre si eres capaz de aplicar un buen método clínico, que es llevar la ciencia a la práctica. Eso es lo principal, si no tienes un buen diagnóstico, cualquier camino empezará torcido”.
Por eso, me dice, se trata con tamaña responsabilidad cada caso de los que llegan a los cuidados intensivos. “Y es la razón también de que se traten en grupos multidisciplinarios, pues minimiza las oportunidades de errar. Un médico no tiene derecho a equivocarse.
“Somos, y vuelve a hablar en colectivo, un grupo fuerte con valores e intereses muy bien definidos y que funciona como un todo. Es muy reconfortante trabajar con los doctores Max Santiago, Tania, Víctor, Yanet, Leonardo, José Alfredo, con el cuerpo de enfermería que lo son todo”.
Es su familia. Una familia que lo reverencia y que, cuando lo tuvo en su momento de paciente, era la más sobreprotectora del mundo. “Sí, una vez estuve en la Terapia, enfermo de dengue, y no me dejaban solo ni un minuto. Me velaban dormido y despierto ”.
¿Y cómo es el médico cuando está de paciente? -le pregunto. “Yo creo que soy un buen paciente, uno disciplinado. Todos los que están en esta sala han sido mis alumnos, y yo tengo confianza absoluta en las personas que formé. Si me salvaba estaba en buenas manos, si me moría, también”.
La Fama
De Guantánamo es hijo. En esta tierra, vive con su esposa de toda la vida, Nora, y aquí vio nacer y crecer a sus dos hijos, y a estos formarse como informático y cardiólogo. Alguna vez alguien le propuso irse para La Habana, pero declinó la oferta y dejó sellado el asunto.
En Guantánamo ha echado su vida e invertido su talento. Y como tal ha sido retribuido con reconocimiento y cariño. La Fama fue, si acaso, la confirmación pública de una valía que, una y otra vez, la gente le reconoce en privado.
Todavía recuerda esa noche del primero de diciembre de 2011. “Asistí con mi esposa, y en el público, estaban mis hijos. Fue una gran alegría. La Fama es el más alto honor de un guantanamero, porque es la manera en que se te reconoce como un hijo ilustre de la tierra donde has vivido toda tu vida. Es un gran orgullo”.




































Comentarios
Dra santa gaspar.
Dra Dalilis Druyet Castillo
Lo admiro mucho. Felicidades profesor usted e se lo merece
Imptrescindibla a la hora de hablar de la medicina Guantanamera y Cubana. Ejemplo de profesionar y ejemplar ser humano. Solo queda por decir: tu pueblo te ama. Gracias profe.
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